¡Qué vaina eso de estar muerto!

Tras una profunda reflexión, concluí hace unos días, el martes justamente, que estar vivo pesa mucho, y uno no debe cargar más de lo que puede soportar. Decidí entonces que el suplicio terminaría el miércoles a las 9:00 a. m., con el fin de que me enterraran el jueves, porque el viernes era 13.

El miércoles a las 6:00 a. m., desperté. Madre me hizo la misma pregunta de cada mañana desde hace meses —¿Nada de trabajo?— y le respondí lo mismo, que nada, y que no se preocupara que aún quedaban ahorros. Aclaro para los de conclusiones apresuradas, y no se me sume a la lista de los que sucumben —no los juzgo— por problemas económicos, que lo mío era la mera angustia de estar vivo.

A las 7:00 a. m. preparé el desayuno. Elegí cuidadosamente, por aquello de la última comida en el informe de la autopsia. Mastiqué muy despacio, como nunca lo hice en los años que alargué esta agonía que traté de aliviar con libros, música, una carrera, en fin, lo que hacen los contentos de estar vivos. Lo intenté, que conste. Mastiqué despacio para poner a prueba al forense; se vale que uno después de muerto tenga sus vicios.

A las 7:30 a. m. regué las plantas de mamá. A las 7:55 a.m., mientras me ponía las medias y los bóxer nuevos para estar presentable en la morgue, puse las últimas canciones. Elegí algunas de Sabina, Serrat y Mercedes.

A las 8:15 a. m. con otro café, hice mi última lectura, de entre lo poco que escribí y lo mucho que faltó por leer, escogí un cuento de Tolstói titulado ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Tras el punto final, con el último sorbo de tinto, tomé un potente relajante muscular para sentir el menor dolor posible.

A las 8:59 a. m., puse debajo del servilletero la carta donde exoneraba a mamá de toda culpa y daba instrucciones a modo de testamento de qué hacer con mis cosas. Subí al taburete de cedro, pasé por la viga de amarre la cuerda trenzada de viril de ternero, me aseguré de que el nudo no fuera a fallar y recordando la famosa frase de Eurípides: Sit tibi terra levis, di un paso al frente. A las 9:15 a. m., tras haberme fracturado la tráquea, morí.

Luego de tres largas horas llegó mamá, por poco le da un infarto, no quería que cualquiera me encontrase inerte. Casi me arrepiento, mas ya no había vuelta de hoja. En breve apareció Manolo, mi hermano. Si vieran su cara, se le quitaron de un soplo sus ínfulas de potranco sin castrar, y salieron de su inquebrantable coraza sus primeros destellos de humanidad.

A causa de los trancones, la funeraria llegó a la 1:15 p. m. La policía, al no evidenciar pérdida de pertenencias, ni signos de violencia, desestimó un levantamiento judicial. El empleado de la funeraria saludó compungido, dio el pésame y extendiendo unos guantes le dijo a Manolo que lo habían enviado solo. Si de nuevo vieran su cara, casi se vomita, yo no me reí para darle seriedad al caso.

A las 8:00 a. m. del día siguiente me llevaron a la sala de velación. La suma del frío de mi cuerpo y del aire acondicionado hacían casi imposible estar vivo, y más estar muerto. Mamá en medio del llanto terminó de leer la carta. Trató de entender que me pesaba más el camino que los pies, y más la carga que la espalda, y bien o mal, perdía su tiempo en arropar a un muerto.

A las 9:15 a. m. tras el desfile de los pocos amigos y familiares, se juntaban muchas horas de ayuno. Un fuerte olor a tinto de greca recién hecho inundó el lugar como neblina bajita. Intenté levantarme y no pude. Cuando me iba dando rabia caí en la cuenta de que no era parálisis del sueño, ni una bruja sentada en mi pecho. ¡Tan güevón yo!, pero qué vaina eso de estar muerto y que estén haciendo tinto.

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Colombia. Es ingeniero industrial de la Universidad Tecnológica de Pereira, un escribidor de historias y lector de corazón. Con sus cuentos ha participado en diferentes concursos, obteniendo el cuarto lugar en el Concurso de cuento breve Relatos Plurales, de la universidad que egresó (2017). Segundo lugar en el XIII concurso de cuento breve Municipio de Samaná (2019). Primer lugar en la categoría adultos del concurso de cuento Fundeagro Promueve las letras (2020). Retazos (2021) es su primera antología de cuentos.

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