Recuerdos insoslayables

Él sonríe con gracia estudiada —como en plan de imitar a Clark Gable—, lenta y cautamente y al modo de quien experimenta una sensación deliciosa de alivio. Su amada, quien tiene buenas razones para estar impaciente y nerviosa, lo contempla de frente y de perfil con una mirada dulce, tímida y suplicante y aunque pone todo el empeño en la maniobra no acierta a descifrar el misterio ni a llegar a una resolución definitiva, se hace bolas e insufla ideas contradictorias y poco gratas acerca de sus relaciones mutuas. En resumidas cuentas, no tiene la seguridad absoluta de lo que significa aquella carcajada de mentirijillas, si demostración de frivolidad, si ánimo inocultable de eludir las consecuencias de sus actos, si cinismo al poder obrar a su antojo sin menoscabo de su integridad, si nerviosismo, si impostura, si resignación, si liberación o si maldita sea todo este embrollo en que se metió por necio.

Sea lo que sea y signifique lo que signifique aquella sonrisa impostada, reflejo del alma hueca de un tarambana sin redención injustamente mimado por la suerte o fuente de vejaciones y disgustos por venir para sus anfitriones, quienes, ah, ilusos, lo reputaron de individuo noble y de una sola pieza; el amante, sin dejar de pelar las muelas, cual si quisiera dejar registro fidedigno de su carisma para la posteridad, una instantánea de aquel campeón legendario del que tanto se habla, que un viento impetuoso trajo a este valle feraz el día menos pensado y otro viento igual se llevó luego, consciente de que aquel estado de cosas no puede prolongarse por más tiempo, lo que se hizo se hizo con ganas y lo que quedó en el tintero ya no será, las oportunidades las pintan calvas y él pintó lo suyo a su modo y manera, eso ya nadie podrá arrebatárselo. Si, por obnubilarse con una perla preciosa jugó sin tino, se precipitó y echó a perder la posibilidad de arramblar con todo el tesoro, ya no hay remedio, a lo hecho, pecho; el amante, con cierta pusilanimidad que no acierta a disimular y que tampoco atina a disfrazar de majestad, al fin y al cabo él no es ningún coloso, aunque sepa fingir con elegancia siempre se llega a un punto en que es imposible ocultar la verdad; el amante, un tanto enervado por las enfadosas complicaciones derivadas de escurrir el bulto y ahuecar el ala sin sufrir consecuencias desagradables, lanza un beso al aire, prueba fehaciente de lealtad a toda prueba —el beso que se negó a estampar recién en la boca de su adorada como estiló hacer hasta ayer con brío y arte—, se despide de ella con displicencia y desenfado, imagen tosca y tangible, pero muy significativa de su talante, no se necesita ser ningún lince para colegir que, a despecho de guiños y disimulos, su intención es pasarse por la faja el juramento de amarse para siempre sin importar credos, razas, prosapias ni prejuicios y fijar residencia permanente aquí, en este pueblo pintoresco donde tuvo a bien encontrar la dicha y la felicidad; el amante, por fin, qué lata la suya, se mete en el cachivache en que llegó al país, de visita, sin invitación, visa ni pasaporte, a agitar el cañaveral y a armar el toletole, y desaparece como un relámpago en el cielo con la intención de no regresar jamás de los jamases.

Al cabo de su aventura estelar, fulgurante y trepidante en el papel, en realidad prosaica, plagada de demoniuras y de promesas que no acertó a cumplir porque… ¡Caramba!, anfitriones, suegros, paisanos, público en general, pónganse la mano en el corazón, juzguen sin ofuscaciones y antes de condenar, de considerar responsable del fracaso al viajero risueño y adulador reflexionen acerca de las circunstancias de tiempo modo y lugar del caso, que son asaz peculiares, ni que decir tiene, la distancia entre un país y el otro es mucha y muchas también las incompatibilidades entre él y su prometida, empezando por el ADN, el idioma, la facha, la manera de pensar, las costumbres, la cultura y las tradiciones, y terminando por, por…

¡Diantres!, que no les vaya a dar ahora por joder y emprenderla con sermones y reclamos gravosos y fútiles. Lo digo para efectos de reseñar el incidente en los libros de historia. Puede que suene a disco rayado, pero desde que la galaxia es una suerte de aldea global este tipo de oropel sin trasfondo, que se trafica sin empacho y sin maldad en romances de órdago, noviazgos fugaces, relaciones casuales, encuentros subrepticios, tratos carnales, etc., que te amo con locura, que jamás te dejaré, que sacrificaré mi vida allá para forjar contigo una vida acá, que lo juro por distinta que sea a la vida a que estoy acostumbrado, que me muera ahora mismo si no es cierto, que voy a solucionar un par de cosillas allá y ya regreso, suele ser dádiva y divisa común, aceptable e inevitable por demás, de los viajes de placer.

Si al patojo sentado en el banquillo de los acusados se le fue la mano, dejó de lado todo escrúpulo y mintió con descaro más allá de lo que estipula el protocolo diplomático en aras de sacar tajada gorda y sustanciosa, tal infracción debe considerarse pecado venial, falta de contención y aplomo y no crimen de lesa humanidad.

Eso sin mencionar que no todo es tragedia como suele creerse, que donde hubo fuego cenizas quedan y si se les echa un vistazo a las mismas con beneficio de inventario, tarde o temprano habrán de hallarse partículas espléndidas y dignas de ser conservadas, elogiadas y justipreciadas por propios y extraños. Esta, por ejemplo, las expresiones de aprecio y agradecimiento del viajero por la acogida y el cariño de los cuales fue objeto por parte de todos los habitantes del país mientras estuvo entre ellos. Y esta otra, los obsequios a manera de recuerdos insoslayables que dejó a la hermosa que lo apapachó y lo electrizó durante dos meses. Una fotografía suya en blanco y negro y de tres por cuatro, dos pelos de su barba rojiza, un pote vacío de desodorante, un cepillo de dientes usado, unas gafas de sol, tres calzoncillos cagados —¡qué posma!, aunque son una delicia, el chile, los tacos, los burritos, las gorditas, el pozole y el guacamole aflojan la pasta una barbaridad, sobre todo a quienes no están acostumbrados—, un corazón cursi atravesado con una flecha, tallado en la penca de un maguey y acompañado de una inscripción que reza… «Ibo ama a Itzayana» y un chilpayate de cinco semanas de gestación que ojalá nazca sano y fuerte y que, quieran los dioses tutelares locales, cuando le llegue la hora de las definiciones, cuando tenga que asumir el control de su vida y decidir por dónde torcerá su marrana el rabo, no vaya a convertirse en un vulgar chofer de platillo volador, torpe, puerco, presumido, falsario, malhablado, maluco, sin alma y sin seso, como el gurrumino descarado y petulante de su padre, sino en tejedor de sueños, astrónomo, arquitecto, agrónomo, ingeniero y forjador de imperios espléndidos, como su madre.

Como su madre, quien, ni que fuera caída del zarzo, con la complicidad de un silencio compartido al tenor de las circunstancias también fingió lo suyo a manta —no fue cuestión de cálculo, así se dieron las cosas, el pelirrojo venido de lejos estaba bueno y aunque era un pendejo de tomo y lomo cogía bien y en forma, sin empalagarse ni obnubilarse— y por contera, lo que para uno el amante está bien, para ella está mejor, aprovechó la ocasión para liberarse del yugo de su padre, declararse precursora de una nueva raza, armar toldo aparte, crear un nuevo país y enviar un mensaje inquietante y atrayente al espacio sideral… «Se necesitan extraterrestres que quieran venir a gozar a pierna suelta de las maravillas tropicales de esta tierra, aterricen en nuestros vergeles, sonrían, caguen, forniquen con plena impunidad y al cabo desaparezcan sin detenerse a pensar que con su acción la vida aquí tomará otros derroteros».

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Colombia. Economista de profesión, asesor económico de varias empresas en Colombia, la mayoría de ellas de carácter público. Apasionado por la literatura y lector prolijo. Desde 2010 le dedica medio tiempo a la economía y otro medio tiempo a escribir. Sus cuentos, relatos, novelas juveniles, relatos juveniles y cuentos infantiles han obtenido reconocimientos en trece países a saber: Estados Unidos, Nueva Zelanda, México, Guatemala, Cuba, España, Argentina, Ecuador, Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y Colombia.

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