Stand by me

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Diez años después decidí regresar al barrio donde había nacido, donde viví muchas cosas que hicieron esto que hoy soy.

Nunca podré olvidar las emociones de la adolescencia, en especial aquel día domingo a comienzos del mes de junio, cuando junto a otros amigos terminamos de construir una hermosa casa de madera encima de un viejo y enorme árbol de roble.

Duramos casi un mes para hacer la casa encima del árbol. Estábamos orgullosos de tener este lugar solo para nosotros cuatro. En aquella casa en el árbol empezamos a descubrir el verdadero tamaño del mundo; y también descubrimos, que a veces hay que tener máscaras y disfraces para poder continuar hacia delante, a través de este estrecho camino de amores precarios y promesas rotas.

La casa estaba pintada de azul y contrastaba mucho con el verdor asfixiante de las hojas del árbol. Era toda una maravilla escuchar de cerca el canto de los pájaros y sentir de pleno en el rostro la brisa tibia de vacaciones.

 Éramos cuatro chicos diferentes, pero unidos con el lazo invisible que hace que la amistad sea algo más que compartir chicas y cigarrillos. Decidimos un día después de haber culminado la casa ponerle un nombre, al principio no logramos estar de acuerdo, pero luego de la larga sesión de nombres, llegamos al punto de decidir por medio del azar, quien cargaba con la responsabilidad de colocar el nombre a nuestra guarida.

Reunimos unas cuantas monedas y compramos una gaseosa en la tienda de la esquina; como éramos chicos conocidos de la cuadra, el cachaco que atendía el negocio nos prestó el envase. Luego de habernos tomado la gaseosa a pequeños sorbos, nos reunimos en forma de círculo en el piso de madera, sentados y con un poco de susto ante la responsabilidad de tener que colocar el nombre a la casa en el árbol.

John fue el encargado de poner a girar la botella a una velocidad impresionante, la parte del pico giraba muda frente a nuestras rodillas llenas de cicatrices de viejas heridas de tanto jugar fútbol en las calles destapadas del barrio, de tanto saltar paredes y muros, de tanto caerse de bicicletas y patines, y nuestra mayor diversión, montarnos en árboles gigantescos para poder divisar el puente Pumarejo o los bordes nevados de la sierra, allá cerca de Santa Marta.

La botella, poco a poco, iba perdiendo fuerza en sus giros, hasta quedar estática frente a un par de piernas flacas y con asomo de un leve vello disparejo. El pico de la botella dejó de girar frente a mí.

Todos estuvieron de acuerdo en que yo fuese la persona elegida para colocar el nombre de la casa; también debía ser yo quien lo escribiese en la parte de enfrente para que todos en el barrio supiesen que la casa en el árbol de roble era nuestra única pertenencia en un mundo que ya nos enseñaba a olvidar cualquier cosa buena, en menos de lo que canta un gallo.

Pedí tiempo para poder pensar en un nombre apropiado, algo que al pasar de los años aún guardara esta bella etapa de nuestra preadolescencia. Esa noche no pude dormir bien, buscando en mi mente un nombre que a todos nos gustara y fue cuando recordé una anécdota curiosa; algo que ocurrió hace más de tres semanas. Yo estaba como siempre encaramado en un árbol de níspero en el patio de la casa, eran más o menos las doce del mediodía, cuando descubrí algo extraordinario en un patio de una casa vecina. Era un patio enorme como todos los otros de la manzana, con árboles de todo tipo de frutas y muchos cables para colocar a secar la ropa. También había una enorme terraza techada con una gran pared pintada con cal. Era una pared blanca, reluciente, mucho más durante esta hora del mediodía, pero la verdadera sorpresa no era esto, sino las dos chicas bañándose en el patio con una manguera y completamente desnudas.

Las dos mujeres tenían fama en el barrio de trabajar durante toda la noche hasta el amanecer en un bar cercano al barrio Montes. Una de ellas, Karla, era alta, morena, con un cabello largo rizado y una boca que se tragaba todo el mundo sin tomar respiro. Tenía buen cuerpo. Unas tetas y unas nalgas grandes, caderas prominentes y un par de piernas gruesas y firmes. La otra chica, Bibiana, era alta, bastante delgada y blanca, tenía senos pequeños, pero un culito bastante parado. Tenía un rostro lindo, especialmente cuando sonreía.

Las dos mujeres disfrutaban el baño ajenas a toda la vigilancia prestada por mí. Yo era el centinela del mediodía, el guardián bajo el sol con un juguete que pide ser maniobrado. Los dos cuerpos desnudos resaltaban gracias al fondo de aquella pared blanqueada con cal.

Esto me motivó a inventar el nombre para nuestra casa en el árbol: A todos nos ocurre el mundo; sí, de esta manera decidimos bautizar nuestro refugio, el cual fue inaugurado por nosotros dos días después de haberla terminado. Llevamos algunas cervezas, cigarrillos y revistas de Playboy.

La fiesta fue larga y magnifica. Pasamos la mayor parte del día molestando dentro de la casa, teníamos mucho mareo por la cerveza y los cigarrillos y no nos atrevíamos a bajar en ese estado por las ramas del árbol. Luego que todo se normalizó, cada uno masticó mentas y chicles y bajamos del árbol y fuimos directo a nuestras casas porque el hambre apremiaba.

Yo fui el primero en proponer contratar a las dos chicas del patio con la pared blanca y hacer una fiesta especial con ellas y nosotros cuatro. Era bastante difícil contactarlas en plena calle, puesto que los cuatro teníamos la orden severa de nuestras madres de no acercarnos a aquellas mujeres de tan baja reputación. Pero que íbamos a hacer, si desde adolescentes nos ha gustado caminar por los bordes filosos de la vida. Yo ya les había contado a mis amigos acerca de los baños al aire libre de estas dos mujeres. John, Martín y Carlos estaban ansiosos por realizar nuestra fiesta lo más pronto posible.

A veces pienso que de verdad el mundo se confabula para que uno pueda cumplir sus sueños más bajos. Cierto día, venía de hacer un mandado en la farmacia cuando me encontré con Karla. Ella estaba vestida con jean y una camiseta blanca, era raro, pues yo la conocía desnuda y al verla con ropa, tuve una sensación extraña como de no reconocerla. Llevaba el cabello recogido, pero debo reconocer que aún con ropa puesta, su belleza era imponente. Pero me extrañó mucho más que ella me saludara y directo por mi nombre.

Me quedé paralizado en medio de la calle, supe de inmediato que hoy era nuestra única oportunidad. Me di vuelta y fui hacia ella, la llamé por su nombre; ella volteó con una agradable sonrisa en los labios. Me acerqué y le comenté de nuestra fiesta privada en la casa del árbol, le hablé acerca de mis descansos del mediodía montado en el árbol de níspero para verla a ella y a su amiga Bibiana, bañándose desnudas en el patio.

Karla soltó una carcajada que llenó toda la calle, me sentí turbado, como si fuera un barco de papel navegando en un turbulento arroyo. Luego me tomó de la mano y me invitó a ir a su casa donde todas las paredes estaban pintadas de blanco. Algo, sin embargo, flotaba en todo el aire; algo provocador y cálido, algo desconocido, pero atrayente, tal vez por ser prohibido, una especie de viaje peligroso que me llevaría muy lejos…

En mi mente corren los recuerdos, se anudan muchas palabras y frases; han pasado diez años y hoy decidí volver al barrio donde nací. Estoy sentado frente a un viejo y seco árbol de roble, observando sus ramas semejantes a un gigantesco esqueleto. Bien arriba, una casa de madera está en ruinas. Ahora es la guarida para los gatos y los pájaros que merodean el vecindario, ahora la brisa juguetea sobre las tablas desclavadas por el peso de tantos recuerdos. El sol, la lluvia y el tiempo han vencido el color que alguna vez tuvo. Aún se distinguen las letras torcidas que alguna mano presurosa escribió para siempre, a manera de pacto entre cuatro amigos: A todos nos ocurre el mundo.

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Colombia. Es poeta, narrador, docente y gestor cultural. Dirige la gaceta literaria digital Hojalata. Ha publicado los siguientes libros: Tren de largo recorrido, 2007; El lado oscuro del trópico, 2012; El mejor de los venenos, 2018; A todos nos ocurre el mundo, 2020. Ganador del Concurso Nacional de Poesía Universidad Metropolitana en el año 2008. Mención de honor en el Concurso Nacional de Poesía Ciro Mendía, 2008. Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Casa de Poesía Silva en el año 2008.

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