Dos de la mañana, de hace varios años.

Allí en la ventana de un décimo piso estaba yo, tratando de evitar que aquella mujer se botara por la ventana. Se veía deprimida, pálida, embriagada. Tenía esa locura contagiosa reservada para las personas que viven en la ciudad de los ángeles caídos.

Hacía dos meses un anciano se había lanzado del onceavo piso del edificio de la esquina. Cayó sobre un bus y luego rodó por el piso. Murió. 

El centro de Los Ángeles era una mezcla entre realidades y ficciones. En ese mismo lugar en el que falleció aquel hombre grabaron escenas de películas como El Hombre Araña y Batman. Suicidios, muertos de verdad y de mentiras. Personajes que volaban, personas que caían.

La mujer decía que su vida no tenía sentido, que los traumas de su niñez la habían perseguido hasta ahora, que vivir en una ciudad como Los Ángeles era la peor decisión de su vida.  Al principio de esta situación yo no podía creer lo que estaba ocurriendo. Esto le pasa a los demás. Pasa en las películas. Pero no, eran mis manos las que halaban, era mi corazón el que palpitaba, eran mis gritos los que sonaban pidiéndole que no lo hiciera. Ella impávida, miraba hacia abajo, decidida, sin importarle nada, cada vez más blanca, más verde. Cada vez más ida.

Después de muchos esfuerzos la logré halar de un tirón y ella cayó encima mío. Fue dolorosa su caída. Lloró por varios minutos mientras yo la abrazaba. No dijo nada y luego se durmió. Yo no podía parar de pensar, me imaginaba las consecuencias de su posible suicidio. Pensaba en su muerte, pensaba en que si hubiera caído yo, probablemente, estaría en la cárcel por asesinato, pues quien creería que era el salvador y no el que la empujaba.  Sentí miedo. Al día siguiente vinieron sus familiares y se la llevaron.

Tuve pesadillas horribles. Me la imaginaba estrellada en el piso, cayendo desde arriba, desde el lado, desde abajo, era como una película rodada a varias cámaras. Yo estaba allí apoyado en la ventana, viéndola desplomarse en cámara lenta, manoteando hasta aquel golpe seco. El miedo a las alturas que había superado hacía muchos años volvió.

La odie por mucho tiempo. Odiaba su irresponsabilidad, odiaba la situación, pero a la vez recordaba su cara y ya no estaba allí. Probablemente ese día se suicidó la que quería suicidarse y quedó la que quería vivir, pues su vida le cambió para bien.

Hace algunos meses esta mujer me contactó y me dio las gracias por haberla salvado aquella noche de algo que no recordaba. 

Fue un secreto entre ella y yo, el único testigo.

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Alter Eddie
Colombia. Animador, plastilinómano plastilínico que plastiliniza algunas de las cosas que pasan en nuestra realidad plastilínica. Colaborador de El Espectador y varios libros publicados relacionados con el arte de moldear plastilina.

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