Trilogía decadente

Son las tres y treinta de la madrugada en las esquinas de Pinto a Santa Rosalía, en el centro de Caracas. Despierto sin querer hacerlo; el insomnio se ha vuelto un visitante molesto durante las noches en las que más deseo descansar.

Me levanto en contra de mi voluntad para ir al baño, obligación que imponen los años que al transcurrir se vuelven inclementes; satisfecha la necesidad regreso a la cama, con la esperanza de nuevamente conciliar el sueño y que Morfeo me acune en sus brazos sin que me suelte hasta las seis de la mañana. No pensé que a esta edad el dios del sueño sería mi amante predilecto. Ese que deja con ganas de más. Cuando me sentía descansada y presta a dormir, escucho voces que provienen de la calle, identifico tres: dos masculinas y una femenina discutían sin tregua, atropelladamente. En principio no entendía por qué lo hacían, aunque no es la primera vez que algo así sucede. Las almas que deambulan por las noches sienten la necesidad de descargar sus frustraciones con otras almas igual o más atormentadas que las de ellas.

No soy de levantarme en medio de la noche para asomarme en el balcón a ver que acontece, ese tipo de riñas no llaman mi atención y he aprendido que en la vida hay una excepción a cada regla o conducta…ese fue el día. Me asomo y observo a un señor en el edificio de enfrente viendo la discusión de estos tres personajes, me percato que yo no los puedo ver, el edificio donde habito tiene cuatro terrazas muy largas e impiden observar este lado de la acera. Sin planificarlo, me vuelvo testigo auditivo de la discusión que transcurre como cualquier otra. A grandes rasgos recuerdo que fue más o menos así:

—Vete de aquí, esta no es tu zona. ¡Arranca! —decía una voz masculina.

La voz femenina responde:

—Déjame trabajar, pana. No le estoy haciendo daño a nadie.

La discusión estaba aderezada con groserías, insultos, gritos. No podía ver, pero imagino manotazos a la cara, hasta forcejeo y aunque la desventaja de la mujer en fuerza física con respecto a los dos hombres era evidente, esta no se amilanaba ante las amenazas en contra de su integridad. Decía:

—¿Ustedes y cuántos más? Yo no tengo miedo y aquí me quedo. ¿Qué pasa lacras? Dos contra una, tá’ bien. A ver si pueden.

Exhibía la valentía otorgada por el alcohol o la droga, o en el peor de los casos esa valentía experimentada por los seres humanos con una sentencia de muerte por las circunstancias que les tocó o decidieron vivir.

—¡Sigue tu camino, bicha! No te vas a quedar aquí, no vas a vender nada, esta zona es nuestra.

—¿Dónde dice que es de ustedes? ¡Suéltenme, bichos!

—No te queremos ver más por aquí.

El señor que estaba mirando en el edificio de enfrente se encontraba en una terraza destechada, por lo tanto observaba el espectáculo nocturno desde la primera fila, apoyado en la baranda, sin miedo a ser visto. Yo en cambio estaba en el balcón, detrás de la ventana, parte del escenario del teatro de la calle Este número 12, lugar donde se desarrollan los acontecimientos, ubicado a pocos metros de la Basílica de Santa Rosalía: supongo que los santos no sufren de insomnio. El no tener visibilidad de la puesta en escena me obligó a agudizar el oído para no perder detalle de lo que había decidido testificar. El espectador de primera fila decidió retirarse, no es la primera vez que presencia algo así, no había novedad para él o el sueño lo invitaba a regresar a su cama. La noche es larga, sin embargo, las discusiones, los amores y la muerte que transcurren en ella no lo son.

Yo seguía escuchando la discusión cada vez más desaforada, aquella trilogía marginada de la vida diurna, dueña de las noches con sus sombras, sus decadencias, sus miserias; no conseguía desenredar aquella discusión, giraban en torno a lo mismo repitiendo sus argumentos una y otra vez; parecía que había transcurrido un tiempo más largo. El insomnio tiene la facultad de hacer que el tiempo que no se detiene se vuelva pesado, lento, molesto. El volumen de las voces comienza a bajar, escucho pasos que se arrastran, se alejan hacia el lado izquierdo de la desolada calle. ¿Qué pasará con aquellos seres?, ¿le esperará la muerte a alguno de ellos?; a ella en particular o durante la caminata bajo la luz de la luna, ¿encontrarán la manera de transar con la mujer algún tipo de acuerdo sexual? Aquella mujer acostumbrada a ultrajes, violaciones, vejámenes por parte de la vida representada en cuerpos masculinos. Esa vida que no la ha perdonado a ella y que cada día la hace ser protagonista de una sociedad sin moral, sin valores, sin dignidad. Recuerdo la triste canción de Yordano, Perla negra, nacida en las esquinas de Pinto a Miseria. No cabe duda la parroquia Santa Rosalía merece unas cuantas crónicas sobre su desdichada vida nocturna.

Vuelvo a mi cama, con el agradecimiento apoderado de todo mi ser. Sé que el dios del sueño no regresará hasta la siguiente noche, por lo que quedo en vela pensando en escribir sobre el episodio de una trilogía humana representando la decadencia.

Artículo anteriorCómo ser un muerto decoroso (y no vivir en el intento)
Artículo siguienteAlba
Venezuela. Ha realizado varios talleres en crónicas, ensayo, reseña crítica, poesía arte erótica, expresión literaria narrativa y literatura infantil. Publicaciones: Un golpe más, en el libro colectivo Relatos de una pandemia inesperada (Ed. Caza de versos, México, 2021); artículo de opinión Oscura esperanza, en la columna Pensar educativo en los diarios digítales El Nacional, Voz de América y Sol de Margarita (2019); Graciela y el teatro, en el libro colectivo Armario de letras 2 (2019); El bosque tropical de Sara y Carlos, en libro colectivo Armario de letras (2018).

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí