Tengo miedo, son las tres y siete minutos de la madrugada y hoy más que nunca tengo miedo, ¿cómo no tenerlo?, los fusiles han sonado toda esta noche, mi madre y mi padre se fueron, dijeron que volverían por mí, pero no han vuelto. Antes de irse mi padre se puso su uniforme verde con aquel brazalete mitad rojo, mitad negro que colgó de su hombro izquierdo, tomó su fusil, el mismo que había prometido jamás volver a usar, mientras que mi madre tomó un machete. Antes de irse, mi padre me entregó una carta que aún no he leído, la guardé en el bolsillo izquierdo de mi camisa, sobre el corazón, donde debe estar.

Llora el cielo desconsolado, tiene un sonido tan aflictivo que retumba en mi cabeza como el más lúgubre de los nocturnos, me encantaría intentar cambiarlo, quizás con un poco de contrapunto modularlo y lograr que suene en do mayor. Creo que me comporto como el más maloliente de los cadáveres, estoy tirado en este frio piso sin hacer nada, inerte, intentando que alguien me encuentre para descansar en paz. La noche avanza, pero con una lentitud inefable, al fondo del corredor puedo ver un hombre tirado en el piso, está muerto, las piernas me tiemblan, su sangre luctuosa se extiende lentamente por el piso. Somos unos seres que cargan una desgracia histórica, estamos sumergidos en lo más profundo de una contradicción, siempre buscamos ser libres para vivir mejor, pero estamos obligados a sacrificar nuestra libertad para poder vivir.

Ya es de mañana y los pájaros cantan, no pude dormir, fui demasiado cobarde para hacerlo. Cuando logré ponerme de pie fui a la cocina, tomé algunos panes, los guardé en mis bolsillos. Desde adentro de la casa el sol se metía por cada uno de los orificios que las balas habían hecho e iluminaban el interior, en el corredor, justo antes de la entrada estaba aquel hombre, tan muerto como las palabras que solía repetir mi padre para mitigar nuestras amarguras. Salí de la casa apoyando mis manos contra la pared, cuando estuve por fin afuera logré divisar a lo lejos varios hombres, estaban ordenando algunos cuerpos, desde la distancia no lograba identificarlos bien hasta que vi como tomaban el cuerpo de una mujer con el cabello muy parecido al de mi madre, por un momento sentí un poco de alivio porque aquella señora tenía puesto un uniforme militar. Decidí acercarme, lentamente avance y al tiempo que lo hacía varias lágrimas empezaron a caer de mis ojos, era ella, era mi madre, vestida con un uniforme con el que jamás la había visto. Lloré intensamente, lloré con desprecio, lloré por la mujer que todos los días me decía que cuando alguien muere lo debe hacer por lo que más ama. Tan fuerte fue mi llanto que uno de los militares del lugar me preguntó si conocía al occiso, yo lo negué, lo negué sin vacilación, le dije que aquella mujer que había visto me recordó a mi madre, pero era imposible que fuera ella porque mi madre había muerto algunos años atrás de una lamentable enfermedad, le dije que a esa mujer nunca la había visto. El militar me miró con cinismo, me dijo que me marchara inmediatamente, él sabía muy bien que el lugar ya era un pueblo desierto y que de mi poco podría esperar. Así que eso fue lo que hice, me fui, me introduje entre la hierba hasta un viejo camino veredal, aquel día me vi cargando con la mayor de mis penas, me hubiera gustado tener un corazón duro, lo suficiente para retar al destino que me fustiga.

Desde un rincón oscuro contemplo el camino que mis pasos han decidido recorrer, veo mi sombra, hoy está vestida lúgubremente, se arrastra entre la tierra junto a mi alma, son lo único que me queda. Me aseguré desde que me marché que nadie me siguiera, es usual que los militares en medio de la guerra, de su miseria, tengan conductas psicóticas, es por ello que suelen encontrar incautos para engrosar sus filas o sus resultados. Todo esto me ha hecho pensar que soy un cobarde aun mayor de lo que esperaba, la vida, mi vida me importa tanto que mi cuerpo sin mayor esfuerzo abandonó sus mayores amores. Ahora estoy tirado en medio de este bosque de pinos. Caminé día y medio para llegar hasta este lugar, tan solo me queda un trozo de pan que tengo guardado en el bolsillo derecho de mi pantalón, siento sueño, hambre y frío, me siento débil. Estoy recostado en el piso, con las rodillas en mi pecho, si mamá me viera en esta situación se acercaría, tocaría mi corazón mientras aumenta de a poco la intensidad de sus latidos, me secaría las lágrimas y me abrazaría tiernamente, calentando mi cuerpo hasta quedarme dormido entre sus brazos. Recobré la postura y me senté, hoy parece ser mi última noche, siento una calidez profunda a mi alrededor, pero no parece haber nada, ahora solo me queda un último pedazo de pan, lo comeré bajo este cielo silencioso que me contempla con sus ojos brillantes, con sus movimientos ligeros pero hermosos, como los de aquella luciérnaga que en su vuelo etéreo se ilumina en frente de mí.

El viento sopla desde todas direcciones, la próxima vez que vague entre los clausurados deseos de mi amargura homenajearé mis desgracias, en ellas no hay reminiscencias. Es una luciérnaga hermosa, parece feliz prendiendo y apagando su luz a mi alrededor, ha procurado no alejarse, yo he procurado no dejar de mirarla, ella vaga con una candidez inusual, siento que se acerca cada instante más y más, vuela a mi lado, rodea mi cuerpo y sin demasiadas vacilaciones se posó en mi pecho, justo sobre el bolsillo derecho de mi camisa, sobre la carta de papá. Acerqué mi brazo izquierdo con delicadeza, no quería asustarla, de forma impensable voló hasta la punta de mi dedo índice, yo, con mi otra mano saqué la carta, la abrí y empecé a leer en voz alta:

Nunca pensé que llegaría este día tan pronto, la esperanza siempre fue tan consoladora que me permitió adentrarme en el más bello de mis idilios. Ezequiel Agustín, hijo mío, nunca bajes la mirada pues el cielo nos guía, cuando mires las estrellas recuerda que en cada una de ellas hay un poco de nosotros, cuando mires los nimbos recuerda que la vida es un calidoscopio de vicisitudes, cuando mires la luna recuerda que entre la oscuridad siempre hay una luz que de a poca toma fuerza y cuando mires el sol recuerda que siempre estaremos ahí para iluminar tu camino.

Tu vida se ha convertido en un grito de valentía para tu madre y para mí, nunca olvides que uno debe morir por lo que más ama, así que atrévete a amar, quien no lo hace se niega a sí mismo. Tu abuelo siempre decía por convicción que la libertad es el bastión de nuestras vidas, nuestros sueños la determinación y el amor la inspiración.

En este momento es posible que pienses que tu vida termina, pero es todo lo contrario, tu vida apenas está floreciendo, está floreciendo con tanta fuerza que dará nuevas vidas.

Tu madre y yo te amamos, hasta pronto.

Sara y Gonzalo

Dejé la mirada puesta en el horizonte, justo sobre los recuerdos de mamá, había llorado por tanto tiempo que lo único que bajaba por mis mejillas era una depresión tan ruin como la peor de las anatemas. La carta de papá tenía razón, no me podía quedar aquí, sentado, viéndome morir en medio de la nada. Retomé nuevamente el camino, un camino sin certezas.

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Daniel Quiceno Vanegas
Colombia. Es economista y Gestor Cultural. Le interesan proyectos de investigación relacionados con temas sobre evaluaciones de políticas públicas, pobreza, desarrollo y economía cultural. Ha dedicado gran parte de su vida al liderazgo de procesos sociales y culturales enfocados en el desarrollo y transformación territorial.

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